Viaje y Cultura

A través de este blog quiero mostrar mis artículos de viaje, sobre cultura, arte, arquitectura, patrimonio, tendencias, y otras apreciaciones. Mi intención es profundizar en las raíces, en la tierra, en el arte, y de alguna forma colaborar acercando ciertos conocimientos.

Cuidar de la tierra, de las personas, de nosotros mismos y compartir.

Viaje y Cultura

El mundo subterráneo de Terra Ronca

 A poco s metros del Camping de Ramiro  se encuentra la caverna Terra Ronca I, donde nos adentramos en la genial aventura de descu...

martes, 30 de junio de 2015

Bioconstrucción en el Cerrado: Construyendo con Tierra, soluciones para una vivienda sustentable

Hace quince años André Soares y su mujer Lucy Legan llegaron al Cerrado brasilero para construir el sueño de poner en práctica los conocimientos adquiridos con el padre de la permacultura Bill Mollison en Australia, hacer una Ecovila, donde la sustentabilidad en todos sus aspectos fuese el eje primordial, y la Bioconstrucción la solución para una vivienda equilibrada con el medio ambiente.

Fotos y textos por Javiera Silva Abalos



Cuando llegaron, la tierra escogida estaba pobre, seca, sin árboles, una montaña desforestada. Comenzaron llamando voluntarios para trabajar con el fin de revertir el daño, implementando sistemas permaculturales de captación de agua de lluvia, plantíos agroforestales, construcciones ecológicas, tratamiento de aguas grises y negras: y al mismo tiempo pasando esos conocimientos a las personas involucradas, para generar una conciencia sustentable en relación a lo que realmente necesitamos y cómo lo retribuimos o reestablecemos, cerrando los ciclos, que en la mayoría de los casos no son finalizados y terminan en desechos que alimentan torres de basura en los vertederos.  


El Instituto de Permacultura y Ecovilas del Cerrado, más bien conocido como Ecocentro IPEC, fue emplazado en el centro de Brasil a dos horas de la capital, Brasilia, en el segundo mayor bioma del país después de la Amazonia, el Cerrado, una sabana tropical muy extensa que peligra por causa de las quemas descontroladas y los monocultivos. Se ubica a pocos kilómetros de la ciudad de Pirenópolis en el estado de Goiás, ciudad histórica fundada por buscadores de oro. El visual es de montañas en forma de mesetas, con valles fértiles a más de mil metros sobre el nivel del mar, vegetación de clima seco y cálido, cascadas enormes, y una gran biodiversidad de especies nativas de flora y fauna. Con abundancia de agua, cristales, paredones rocosos, y paisajes alucinantes.

Hoy, es increíble ver cómo el proyecto ha dado cierto, una tierra fértil con bosques y huertas, acuicultura con peces, gallinas, lagunas, patos y construcciones armónicamente integradas a su medio natural. Cabe destacar las innovadoras soluciones sustentables para los desechos orgánicos humanos, como el sanitario seco y el sistema de evapotranspiración para aguas negras, y también el sistema de biorremediación para tratamiento de aguas grises y reutilización para riego.

Y este es recién el comienzo, el Ecocentro IPEC es el núcleo para la concretización del sueño mayor de sus fundadores, la Ecovila Guabaré, un lugar de convivencia armónica entre las personas y con la naturaleza.
María Lucia vive en Ecocentro IPEC hace más de un año, ella es de Río de Janeiro y actualmente se desempeña como guía, nos presenta las construcciones hechas con diferentes técnicas de Bioconstrucción y las soluciones que toda vivienda necesita para poder ser totalmente autosustentable.
Al igual que ella, son cientos de voluntarios los que pasan por aquí cada año, realizando intercambio de trabajo y adquiriendo los conocimientos que han posicionado al IPEC como una referencia en sustentabilidad en Brasil y el mundo. Algunos, como María Lucia, permanecen en este lugar para desarrollar su proyecto de vida.








La Bioconstrucción es un término forjado hace poco más de una década, pero las técnicas de construcción existen desde que comenzaron a crearse las primeras casas. “La habitación existe desde antes que la arquitectura, está en el ADN, necesitamos rescatarlo, apropiarnos del conocimiento popular, no es académico, es tradicional y popular”, acentúa André Soares en una entrevista por teléfono, porque el día de nuestra visita estaba junto a Lucy Legan en el Boom Festival en Portugal, que reúne alrededor de cincuenta mil personas, divulgando técnicas e construyendo sustentabilidad.

No se puede hablar de Bioconstrucción sin hablar de Permacultura, y viceversa, porque la última engloba la primera y la primera es sustancial en una forma de vida que sea coherente con el medio ambiente. El concepto de una cultura permanente o sustentable integra armónicamente la vivienda y el paisaje, aprovechando y conservando los recursos naturales y reutilizando los residuos.
Permacultura es el nombre que Bill Mollison acuño en 1978 en Australia junto a David Holmgren, y desde entonces se ha propagado por el mundo, provocando un impacto y un cambio de visión cultural. El llamado es a un consumo limitado por los recursos renovables. Luego, la Bioconstrucción vino a nombrar las técnicas de construcción que usa los materiales renovables locales y no necesita de estudios ni especialización.

















Aun es un concepto nuevo,
“La idea de Bill Mollison desde el comienzo fue integrar los conocimientos antiguos a las cosas, y la casa es lo más fundamental”, me cuenta André Soares desde Pirenópolis. Entonces, si bien la Permacultura y Bioconstrucción son ideas modernas y aún en proceso de integración y desarrollo, estas fueron acuñadas bajo el alero de los conocimientos antiguos, porque las construcciones y tecnologías tradicionales resuelven problemas desde miles de años dando soluciones respecto al agua, habitación, agricultura y economía, entre otros.

Caben varias técnicas en la Bioconstrucción, que es una pétala dentro de la flor de la sustentabilidad, soluciones tecnológicas a problemas modernos: adobe, superadobe, COB, BTC (bloque de tierra comprimido), tapial, que son técnicas que usan tierra cruda como materia prima; además, están los que usan ladrillos de tierra cocidos y las construcciones hechas con materiales naturales como bambú, maderas, piedras y paja.

Un camino de piedras y una construcción de superadobe –de contornos arredondeados que me recuerdan a un hongo –nos llevan para la gran cúpula que en 2001 recibió la visita de Bill Mollison, y que se llamó Centro Mollison de Estudios Sustentables. 

La cúpula fue hecha con 22 mil ladrillos ecológicos, fabricados con tierra del sitio y 10% de cemento, no usó ningún tipo de energía en su elaboración. Los ladrillos modulares, de pequeño porte, están organizados de tal forma que se cierran en círculos hacia el cielo, perfectamente encajados, provocando una sensación de armonía, unión, e integración. La estructura fue cerrada con una geodésica de PVC años después de su finalización, que sirve para cubrir el espacio en los días que llueve, que en Goiás no son muchos.


Actualmente, este edificio central es punto de encuentro de cursos anuales como el PDC (Permacultura, diseño y consultoría), que tiene como objetivo formar nuevos permacultores e integrar todas las áreas en una metodología permacultural, y el BioConstruindo, que busca capacitar personas para la construcción de habitaciones de bajo costo con el menor impacto ambiental posible. Y también acoge las actividades de la Ecoversidad, que en casas de superadobe hospeda a los interesados en profundizar en estos conocimientos.


Varias construcciones son de superadobe, que se caracteriza por sus formas orgánicas, curvas, paredes gruesas y ventanas de diferentes formas, esta técnica utiliza sacos de polipropileno rellenos de arena y luego revoca con barro. Otras, son de ferro-cemento, técnica que se caracteriza por la creación de formas innovadoras, el uso de botellas y fierros reciclados, no es la técnica más ecológica porque usa cemento, pero además de servir para hacer formas originales, sirve, principalmente, para almacenar el agua en pozos y piscinas.

También existen otras técnicas de Bioconstrucción que pudimos apreciar durante nuestra visita al Ecocentro: COB, que mezcla arcilla, arena y paja en una masa homogénea y luego se aplica en forma de bolas de barro directamente en la construcción.  Tapial leve, que usa molduras de madera, donde la mezcla es aplicada y compactada, se usa para hacer divisiones dentro de la casa. El BTC se trabaja de la misma forma pero es más grande y no puede transportarse. La construcción con fardos usa la paja para rellenar las paredes y luego se cubre con mezcla de barro, ideal para lugares secos. Todas estas técnicas son de bajo costo y eficientes.


Para que una vivienda sea sustentable, un punto primordial es qué hacer con los desechos orgánicos humanos. Aquí en el Ecocentro hay dos formas, la principal es el sanitario seco, esto es que no se usa agua y la materia orgánica a través de un proceso de compostaje se transforma en abono natural, y a través del trabajo de lombrices termina de purificarse. El baño también tiene paneles solares que calientan el agua para la ducha caliente, de esta forma todas las duchas del IPEC son alimentadas de energía solar.

El Ecocentro IPEC es totalmente responsable por toda el agua que consume. No devuelve agua sucia o contaminada al ambiente, toda agua servida, tanto negra (de vasos sanitarios) cuanto gris (de lavaplatos, lavamanos y duchas) es biorremediada para después de limpia volver al ambiente para irrigación de huertas y jardines. De este modo, cumple con los tres principios éticos de la permacultura: cuidar de la tierra, cuidar de las personas y compartir los excedentes.

Cuidar de la tierra, cuidar del suelo vivo, porque el mejor método para saber si el suelo está saludable es ver cuánta vida existe allí, lo que involucra al sistema agroforestal (que reúne bosques y huertas) y todas las técnicas que priorizan el uso de los recursos naturales renovables. Cuidar de las personas, de sí mismo y de los otros, a nivel físico y espiritual. Y compartir los excedentes de forma equitativa.
Las éticas fueron elaboradas a partir de una investigación sobre las comunidades que han existido en equilibrio con su ambiente, por un periodo mayor que las civilizaciones más recientes. No significa ignorar las enseñanzas de la modernidad, y sí considerar los principios ancestrales para la transición para un futuro más sustentable, a través de un consumo consciente, que es la mejor manera de cuidar de la Tierra.

jueves, 21 de mayo de 2015



Indaiauba es una playa aislada por kilómetros de selva, conocida como Mata Atlântica, y el mar, que a veces complica el acceso. Hoy en día no queda ni el 5% de lo que era la Mata Atlântica en el pasado, y en este lugar de Ilhabela puede apreciarse él valioso tesoro que aquí resguardaron: montanhas cubiertas de selva y un mar cristalino es la postal de esta playa aún por pocos conocida, lo que la hace aún más especial y protegida. Porque lo que más encanta de Ilhabela es este inagotable e valioso patrimonio natural que mantuvieron por causa de las políticas de conservación y regulaciones respecto al crecimiento urbano. La Ilhabela, la segunda mayor de Brasil, y la que tiene los picos más altos (el más alto casi llega a los 1500 MT. sobre el nivel del mar), posee más de un 85% de área preservada dentro de un perímetro de 140km, siendo hoy en día un atractivo cada vez más potente  para los aventureros y amantes del ecoturismo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

En busca de las raíces Diaguitas - Elqui y Limarí







Estaba cruzando la cordillera de Los Andes en un avión sin escalas desde São Paulo a Santiago, y sentí ese calor de febrero y la sequedad de años sin una buena lluvia. Iba a la IV región de Coquimbo, a La Serena, y más específicamente, al valle de Elqui, donde hace algunos años voy recurrentemente, pero esta vez iba a ser diferente, porque lo miraría con los ojos de quien quiere ver detrás de lo comúnmente difundido, intentando imaginar quienes fueron aquellos que nombraron estos ríos, sus pueblos y sus cerros, cómo era la vida entonces, sus tradiciones, y su influencia actual. 

Tanto el valle de Elqui cuanto los demás valles transversales del norte semiárido, y sus respectivos ríos, Limarí, Hurtado, Choapa y Huasco, son lugares prodigiosamente dotados de tierras fértiles, aguas puras y cristalinas, picos nevados, cerros estratégicamente ubicados, agricultura y arte, donde vivió la cultura diaguita, conocida por sus cerámicas, algunas tradiciones heredadas, apellidos que permanecieron en descendientes mestizos, la vida campesina, petroglifos y el pastoreo. 




Los diaguitas fueron un grupo pluri-lingüistico y multicultural, que tendrían como lengua el mapuzungun (y los diferentes dialectos de una lengua popular probablemente usada desde el río Copiapó hasta Chiloé), así plantea el profesor Patricio Cerda -doctor en historia que comenzó sus estudios en la Ex U. de Chile de Valparaíso-. En consecuencia, no sería el cacán, como se ha difundido en algunas publicaciones; palabras en esta lengua se han registrado en el noroeste argentino, de donde probablemente habrían llegado los diaguitas, y no del lado chileno de la cordillera. 



Junto a esto surge una teoría de revitalización y re-etnificación, que comienza cuando reconocieron por ley en 1993 las etnias que habitaban el país y más de una década después, en 2006, la etnia diaguita, que ya había comenzado a reagruparse para reconstruir su identidad. Un ejemplo es el Congreso Binacional Raíces de Etnicidad en asociación con la provincia de San Juan, Argentina, que realizaron en Coquimbo el 2011, una instancia que reunió expertos de diversas áreas para analizar y teorizar sobre las culturas pre-colombinas que habitaron estas tierras y que tienen mucho en común. 
Luego, en el Museo Arqueológico de La Serena, pude apreciar, a través de una cronología muy bien detallada, que la etnia diaguita se desarrolló en la región entre el 1000 y el 1536 D.C -si bien los primeros indicios de presencia humana vienen de 12 mil años A.C-. Una vasta colección de cerámicas con motivos antropomorfos y zoomorfos, que hoy conocemos como el principal legado diaguita, muestran las diferentes influencias que derivaron en dicha cultura. Desde la cultura molle, de quienes habrían heredado la alfarería, pasando por la cultura ánima e inca, y hasta algunas migraciones mapuches. Todo esto reflejado en su iconografía, que en un primer momento era minuciosa y detallada, y luego con la influencia inca aparentemente más simple; de todas formas una clara manifestación de un complejo sistema simbólico de creencias. 






Del museo salí en dirección al valle y me encontré con una variedad de pueblitos, con sus cerros, plantaciones, iglesias y caserones de barro, que por estar cerca de La Serena son una excelente opción para vivir, incorporando, junto a los loteos, un toque de urbanidad: Altovalsol, Las Rojas, Marquesa, El Molle, Gualliguaica, son algunos de los nombres que atraviesan la ruta en dirección a las altas montañas, lugares que fueron escenario de antiguos habitantes, donde se han encontrado sepulturas que manifiestan la creencia en otra vida, vestigios y piedras pintadas, o petroglifos, que muestran lugares sagrados, generalmente sobre un cerro, y son de difícil acceso para el turista. 

En estos paisajes Marcelo Olivares -de Mundo Caballo- revive la herencia criolla. Si bien los diaguitas resistieron un poco más de una década, luego tuvieron que ceder ante la influencia y el dominio español, y de ahí surgen productos de una simbiosis obligatoria, el mestizaje, por un lado, y la cultura por el otro, un ejemplo es la incorporación del caballo a la tradición diaguita. Marcelo realiza paseos a caballo por caminos indígenas del Elqui bajo, y me cuenta que el caballo fue una herencia de la colonización española, que fue adquirida por los diaguitas para incorporarlo a su tradición campesina y trashumante, “lo único que ha cambiado respecto a esta tradición es que ya no pastorean llamas y guanacos, sino que cabras”. Así lo pude constatar recorriendo los cerros, a pie y también a caballo. Entre las llanuras de los valles aprecie varios asentamientos de cabreros, construcciones de material liviano, donde cuidan de sus animales y producen recursos como queso, lana, carne y cuero; y los llevan de caballo a la montaña a pastar, serpenteando sinuosos caminos al borde de acantilados. 

También visité el valle Hurtado, cercado de álamos amarillos y del Loro Tricahue atravesando desde Vicuña la ruta ancestral Antakari, donde las montañas son peculiarmente naranjas. En el pueblo llamado de Hurtado, visité la huerta de una señora, después de un tradicional almuerzo de campo en su casa de anchas y viejas paredes de barro. Tomates, lechugas, uvas, alcayotas son regadas por la abundancia del canal, lo que me recuerda el arte de la agricultura, que a la hora del arribo español estaba bien avanzada en la región, una de las principales herencias del mundo campesino diaguita. Luego, recorrimos el borde del valle hasta Pichasca, conocido por el hallazgo de fósiles de araucarias y de dinosaurios que permitieron reconstruir un pasado sumamente remoto, y una gran casa de piedra, donde se refugiaron los primeros cazadores-recolectores que darían inicio, junto al arte de la cerámica, a los primeros asentamientos de la región. 

Vuelvo al Elqui, al río Coquihuaz, el encuentro de dos valles, donde las estrellas se ven casi todos los días del año -por eso en todos estos valles hay varios observatorios astronómicos científicos y de turismo-, donde el pastoreo, la agricultura y las construcciones antiguas tienen aún más presencia. Al interior de los valles, parece que las raíces milenarias se conservan más vivas, perpetuadas por artistas como Gabriela Mistral que en la naturaleza y montañas de Monte Grande inspiró su rima, ella ya decía “volvamos a lo indio”, o Sergio Larraín, que se retiró de su exitosa profesión como fotógrafo de la Magnum en los rincones de Tulahuén, junto al Río Grande, afluente del Limarí, para dedicarse al autoconocimiento y a la contemplación. 


Es en Pisco Elqui que me encuentro con Claudia Rodríguez y con Elquitelares. Ella es tejedora, una técnica que podría ser herencia de un pasado diaguita. Cerda bien lo cuenta en su libro “Tulahuén de Monte Patria, Historia y Artesanías Patrimoniales”, donde retrata el oficio de las tejedoras, mujeres que sin tiempo escriben en lana historias sacadas de cuentos y canciones, inspiradas en su orgullo de ser diaguitas. “Yo me siento diaguita”, me revela Claudia con un gesto natural, y lo puedo apreciar en su obra. Ella usa elementos como la palma y el cobre que los antiguos incorporaron en la creación de utensilios y herramientas, tejiendo formas y colores que me recuerdan a la tierra, el sol, los ríos. 


Actualmente las tradiciones diaguitas son poco visibles, pero pueden descubrirse detrás de algunas técnicas o tradiciones, la más representativa es la fiesta de la Virgen de Andacollo, donde anualmente realizan los bailes chinos. Rodrigo Cuturrufu es descendiente diaguita, músico, y conoce de cerca la fiesta; con quien me reúno en el Café Centenario que él mismo administra –al lado del teatro del mismo nombre–. Ser diaguita para él es algo que lo siente, lo lleva en su sangre mestiza, es una conexión especial con todo lo que nos rodea: “todo, venera a la tierra”. Sobre los bailes chinos, músicas y danzas de diversas influencias, con el flautón agudo y llorón como instrumento principal, me cuenta que la sonoridad representa una greca, símbolo usado en la cerámica diaguita que imita una escalera, inspirado en movimientos y sonidos de la naturaleza, y que son la mayor expresión viva diaguita que existe actualmente. “En la época de nuestros antepasados era una fiesta para la Mamanchi, la madre de todos, hoy punto de unión del sincretismo religioso entre lo diaguita y lo cristiano”. 

Es en estos procesos que se encuentran los ingeniosos métodos de permanencia de una cultura mantenida en silencio por décadas. Si bien muchas tradiciones y expresiones quedaron atrás –por causa de la colonización, principalmente– pueden apreciarse hoy varias manifestaciones que a través de un sentimiento de persuasión llegaron a nuestro presente. Es sólo caminar y adentrarse en los infinitos valles que forman las quebradas y los ríos, y los pueblos, que nos llevan a un tiempo remoto. Levantando algunos velos, producto del sincretismo de culturas –europea, indígena, y, en menor medida, negra–puede palparse aquella cosmovisión que permea todos los pueblos andinos, el sentimiento de reciprocidad y dualidad, la vida campesina y el amor a la tierra.


Curitiba: del modelo a la sustentabilidad

Curitiba tiene la bondad de haber mezclado modernidad, estilo y tecnología, con cultura y sustentabilidad. No es porque sí que ganó el premio a la ciudad más sustentable del mundo en 2010 y que para muchos brasileros sea considerada la ciudad-modelo del país. Aunque para algunos urbanistas esto es un mito, no deja de ser una ciudad cuidada, organizada y bien planificada.


Texto y fotos por Javiera Silva Abalos




























No pasan diez cuadras en la capital paranaense sin encontrar algún parque o área preservada, con lagunas y animales salvajes domesticados por la urbe. La integración de sus recursos naturales a la ciudad, junto con los innovadores monumentos arquitectónicos, su ejemplar sistema de transporte, y sus variados programas de reutilización de la basura y otros proyectos de sustentabilidad hacen de Curitiba una ciudad moderna, proyectada y planificada, para algunos la llamada ciudad-modelo.

Fueron estas características las que el jurado de la Globe Fórum de Suecia evaluó a la hora de darle el premio de la ciudad más sustentable del mundo en 2010, el premio Globe Award Sustainable City entregado a fines de abril se sumó al entregado en Washington en enero del mismo año, por la implementación de la Línea Verde de transporte, el Sustainable Transport Award.

En una nota oficial del comité de jurados divulgada en 2010 por la municipalidad de Curitiba, elogiaron el “abordaje holístico con que la ciudad encaró los desafíos de la sustentabilidad” (…) “en una clara demostración de la fuerte e saludable participación de la comunidad e integración de la dimensión ambiental con las dimensiones intelectual, cultural, económica y social”.


El jurado evaluó ítems como preservación de los recursos naturales, bien-estar social, inteligencia e innovación en los proyectos, cultura, transporte, confianza en el sector público y gerenciamiento financiero y patrimonial.

Si bien para algunos lo descrito anteriormente coloca a Curitiba como la ciudad-modelo, para otros esto es un mito, así lo describe Denisson de Oliveira en su libro “Curitiba y el mito de la ciudad modelo”, junto con otros urbanistas que tienen una visión más crítica, respecto a que una ciudad no por ser bien planificada va a ser modelo, porque por más o menos planeamiento la finalidad es la misma en todas las ciudades, lo que se ve reflejado en la forma de organización geográfica.

Como en cualquier otra ciudad Curitiba tiene favelas, déficit habitacional, desigualdad y precariedad, El planeamiento de la ciudad fue "exitoso" en colocar estos problemas en porciones delimitadas del territorio, planeando el área incluida y el área “de afuera”. Según Oliveira, las contradicciones fueron organizadas pero no resueltas, lo que sería el ideal de una ciudad-modelo.

Curitiba fue urbanizada por una planificación rigurosa realiza en la década del 60’, que comenzó con la creación del Instituto de Planeamiento Urbano (IPPUC) y el Plano Preliminar de Urbanismo (PPU), en el cual participó Jaime Lerner, político y arquitecto electo en 1971, y relecto en otras dos ocasiones, como alcalde de Curitiba.  Este plano se distingue por tener una estructura lineal, en oposición al crecimiento radial (para todos los lados) de la mayoría de las ciudades. Se crearon 4 ejes estructurales, que partían desde el centro e iban direccionados hacia los cuatro puntos cardinales, este, oeste, norte y sur. Se caracterizó por la implementación de vías rápidas ida y vuelta desde los barrios al centro, y vías exclusivas para el transporte colectivo. A lo largo de los ejes se concentraron las tierras más valorizadas y los emprendimientos de más alto padrón; al margen, y fuera de la estructura de ejes, se ubicó la población sin condiciones para adquirir su morada en el plano urbano central.

A pesar de la desigualdad, integrada a toda ciudad hoy en día, puede rescatarse en Curitiba sus iniciativas en sustentabilidad: la Universidade Livre do Meio Ambiente (UNILIVRE), fundada en 1991 por Lerner, la primera y única de Brasil, es una de sus grandes e innovadoras iniciativas, al poner los conocimientos a disposición de la comunidad, a través de educación ambiental y otros tantos proyectos ecológicos, como forma de mejorar la calidad de vida global. Ejemplo de esto es el proyecto Meu BioBairro, que busca desarrollar las áreas de residuos sólidos, arborización y áreas verdes, conservación del agua, adaptación climática y movilidad urbana, en los barrios de Curitiba.

Independiente de que sea una ciudad-modelo o no, la planificación urbana de la capital de Paraná permitió que hoy se estableciera como una de las ciudades más innovadoras en materia de sustentabilidad. Curitiba brinda a sus habitantes (actualmente más de 3 millones) espacios para el contacto con la naturaleza, lugares para ejercitarse al aire libre, eventos de tipo cultural, recreación, y variados proyectos en relación al crecimiento sustentable.



Las cifras dicen que en Curitiba hay 52 m2 de áreas verdes por habitante, mucho más de los 16 m2 recomendados por la ONU; a esto se suma los 144 kms de ciclovías, los 26 parques y un sinnúmero de árboles, entre ellos, antiguas araucarias. Sus íconos naturales y arquitectónicos más importantes son el Jardín Botánico, la Ópera de Arame, el Parque Barigüi, los parques Tingui y Tanguá, el Museo de Oscar Niemeyer, el centro histórico y su tradicional feria de domingo en el Largo da Ordem, el Bosque do Papa, la Universidad del Medio Ambiente, entre otros.

Curitiba es una ciudad que no tiene todas las respuestas a las problemáticas sociales, pero al parecer fue pensada para sus habitantes, para evitar el stress y el desánimo, entregando alivio, descanso y admiración a través de la valorización de sus recursos naturales y patrimoniales. 

















miércoles, 9 de julio de 2014

El otro lado de Ilhabela: un paraíso desconocido

 
 (praia do bonete)

Dentro del paraíso tropical que es Ilhabela viven dos comunidades tradicionales caiçaras, Bonete y Castelhanos, que están abiertas al turismo ecológico y que han mantenido la cultura y medio ambiente heredado de sus antepasados.
Por Javiera Silva Abalos desde Brasil.

Ser caiçara es “Plantar, pescar, hacer harina de mandioca”- cuenta Don Otamir, mientras cose minuciosamente la red que le dará de comer a él y a las 40 familias de la comunidad de Castelhanos. Habla bajito, entre dientes, pero levanta la vista de vez en cuando, dibujando una leve sonrisa. Tiene la piel curtida y una expresión serena en el rostro. El silencio toma cuenta del lugar, unos niños juegan por ahí cerca, las olas del mar revientan, el mar se recoge, una y otra vez. Un par de gallinas, unos perros.
 -¿Le gusta vivir aquí?- pregunto, -“Sí, me gusta la paz”-.

(praia dos Castelhanos)

Cuenta que demora unos tres días en preparar la red, y que cuando la pesca está buena consiguen unos cien kilos de pescado que les da para comer y para vender en la Vila (el centro de Ilhabela al otro lado de la sierra).
Ilhabela es el único municipio de Brasil que es un archipiélago, al cual pertenecen las islas de Búzios, Vitória, Pescadores y São Sebastián, más bien conocida como Ilhabela. Un paraíso ecológico con 73 playas de aguas claras y 27 cascadas cristalinas. Las más altas montañas de islas brasileras están aquí. El más alto es el Pico de São Sebastián, con 1375 m. Además posee una gran costa rocosa y muchos naufragios, de donde surgen historias de piratas y tesoros. Cerca del 84% de la isla está protegida por el Parque Estadual de Ilhabela.

Turismo ecológico y cultura caiçara
Castelhanos y Bonete son dos comunidades abiertas al turismo ecológico, esto quiere decir que hasta hoy se han desarrollado de tal forma de no afectar su cultura, la cual pude apreciar directamente a través de sus costumbres y estilo de vida. Quedan en playas de mar agitado, pero claro, al igual que su arena blanca donde se levantan los castañeros que envuelven con sombra el calor húmedo del litoral. Es el otro lado de la isla, donde el acceso es limitado. Aislamiento que favoreció la permanencia de la tradición caiçara. Donde se puede comer un pescado fresco, obtenido con técnicas caiçaras y disfrutar de una playa amplia y silenciosa, además desde aquí puede irse a otros lugares más inexplorados y salvajes, playas vírgenes de cara para el Atlántico, a los que se llega a través de caminatas en medio de la mata, de horas o días. Es importante usar repelente para combatir a los borrachudos, unos mosquitos ínfimos e insistentes.






(Mata Atlántica preservada no Parque Estadual Ilhabela)

Las comunidades tradicionales caiçaras son un producto del mestizaje, existen alrededor de 18 en el archipiélago. Los portugueses, en el siglo XVI, hicieron grandes cultivos de café y caña de azúcar en las planicies de Ilhabela. Los hacenderos trajeron de otros lados mano de obra esclava, tanto indígenas tupis como negros africanos. También llegaron italianos, franceses, ingleses y japoneses al saber de este paraíso cultivable. El mestizaje cultural está tan patente cuanto el mestizaje genético, fisonomías y rasgos que formaron una nueva cultura rica en tradiciones. Cuando abolieron la esclavitud, cerraron las haciendas, y las comunidades ya formadas pasaron a dedicarse a la pesca y agricultura.



(praia dos castelhanos)

Llegar a Castelhanos o Bonete es sin duda una aventura. Para Castelhanos hay jeeps 4x4 que llevan hasta las arenas blancas de la playa, atravesando árboles centenarios de la Mata Atlántica, ecosistema brasilero que hoy no mantiene ni el 5% de lo que un día fue. Para Bonete, existe un camino de 13 kms por mata preservada que sólo es posible hacer a pie; ir de barco es una opción para quien quiere comodidad y exclusividad. En ese sentido, la mejor opción, sinónimo de adrenalina, es el Flexboat, alrededor de dos horas de viaje a alta velocidad bordeando la costa rocosa.
Bonete es la comunidad más desarrollada, tienen internet satelital y luz, gracias a un generador a diésel que alimenta a las 120 casas. Los boneteiros tienen Facebook, ven la telenovela de las 6pm y lavan su ropa a máquina. Además Bonete cuenta con la posada-restaurant “Canto Bravo”, un rincón ecológico que atrae turistas de todo el mundo, parejas que disfrutan de una cena a la luz de las velas, aventureros en busca de tranquilad, surfistas detrás de la mejor ola.

Forma boneteira de vivir
“La comunidad de Bonete es un ejemplo de sustentabilidad”- afirmó, Cintia Bendazzoli, arqueóloga, quien trabaja hace cinco años en Ilhabela en pos del rescate de las prácticas tradicionales en las áreas de preservación ambiental.
“El caiçara se da el gusto de elegir el pez que quiere comer y la vida que quiere vivir, entonces, no hay porqué privarlos de la opción de vivir en un área de preservación ambiental y cuidar de su cultura como ellos eligieron” –acota Bendazzoli.  ,
Don Benedito de 88 años es uno de los caiçaras más antiguos de Bonete, se emociona al recitar sus rimas (Paskins), una práctica tradicional cada vez más rara en el litoral, que van acompañadas de viola caipira, una guitarra de diez cuerdas, y que cuentan historias de un pasado remoto. Desde que él tiene memoria recuerda Bonete de esta misma forma, con sus casitas de adobe, sus jardines, sus canoas, su mar claro, su naturaleza abundante. “No ha cambiado mucha cosa. Antiguamente las canoas eran a remo y demorábamos dos días en ir y volver de la ciudad”, cuenta. También, la producción del campo era mucho mayor, comían lo que plantaban, lo que junto al pescado y la harina de mandioca- tubérculo de la familia de la yuca-, era su base alimenticia.



(praia do Bonete)
-¿Qué es ser caiçara?- pregunto para Marcia, gestora del programa de turismo comunitario en Bonete -“Mantener nuestra cultura y seguir las reglas de nuestros padres y abuelos”- responde y luego ofrece un tour por los principales íconos de la comunidad como la casa da farinha, donde producen la harina de mandioca; un artesano local; una casa de pau a pique (técnica artesanal de construcción con bambú y barro); y Don Benedito, contador de historias.
Ademar y su nieto, Cleyton, estrujan la mandioca en el Tipi Ti, prensa artesanal, técnica que heredaron de los indios tupis que vivieron en el local cuando era colonia portuguesa. Ellos son de los pocos caiçaras de Bonete que aún producen harina de mandioca. Él ayuda a su abuelo y dice firmemente que mantendrá la tradición. Es un joven surfista, pesca de arpón y dice conseguir llegar a los 20 metros de profundidad a puro pulmón.



Muchas de las prácticas tradicionales caiçaras provienen de los tupis, como la elaboración de la harina de mandioca, la construcción de canoas, el cultivo de choclo, porotos, papas y la elaboración del Bijú, un pan indígena que se prepara con la yuca. También, la utilización de hierbas medicinales.
En ambas comunidades han formado asociaciones para la protección y preservación de su entorno y sus tradiciones, Amor Castelhanos y Bonete Sempre.  Actualmente, amenazados por la próxima elección del plan regulador del litoral de Ilhabela, lo que estaría decidiendo el futuro de ambas comunidades y que ha envuelto varias entidades ambientales, culturales, gubernamentales y no gubernamentales, nacionales e internacionales. Por un lado, la urbanización, especulación inmobiliaria y el turismo de masas; por el otro, el turismo ecológico que se viene desarrollando hasta ahora, sin grandes modificaciones en su ambiente, preservando la variedad de especies de flora y fauna autóctonas, sus aguas puras y cristalinas, y una de las mayores reservas de Mata Atlántica; y, sin duda, la rica experiencia de convivir con las comunidades tradicionales caiçaras, que viven de la pesca, que tienen sus fiestas, costumbres, sus creencias y un estilo de ser caiçara, de ser tranquilo, de vivir en armonía con su entorno.


(mirador no bonete)
(cachoeira do Gato acesso desde Castelhanos)

Agradecimientos: Hostel Central, Pousada Canto Bravo, Ilha Flat Hotel, Famiglia Manzoli, Tori Sushi, Azul Marinho Tour, Ilhabela Jeep Tour.

¿Dónde dormir?

Ilha Flat Hotel:
Tarifas incluyen desayuno y cena. Spa, piscina, áreas verdes.
Praia do Perequê. www.ilhaflat.com.br

Pousada Canto Bravo:
De estilo rústico, frente al mar en playa do Bonete. Ofrece comida tradicional caiçara. www.pousadacantobravo.com.br

Hostel Central
Buena ubicación, ideal para viajeros, cocina y piscina. Perequê. www.hostelcentral.com.br/

¿Dónde comer?

Comida italiana: Famiglia Manzoli
Se recomienda probar Spaghetti al Mare. Praia do Perequê. www.famigliamanzoli.com.br

Sushi: Tori Sushi Bar
Rodizio de sushi de miércoles a domingo. Saco da Capela. www.facebook.com/torilhabela

Comida casera: Cura
El más antiguo buffet por kilo de la isla. Praia do Perequê. www.curailhabela.com.br

Pescados y mariscos: Quiosque do Alemão
Frutos del mar y pescados frescos. Praia dos Castelhanos.

Paseos:

Castelhanos: Ilhabela Jeep Tour, www.ilhabelajeeptour.com
Bonete: Flexboat, lancha rápida, azulmarinho-tour.com.br